Eran las 20.30 del sábado de la San Diego Comic-Con Málaga. Yo llevaba dos días pateando la feria e iba justo de energías, cuando entré en el panel de John Rhys-Davies. El actor británico, de 82 años, tiene un muy amplio curriculum en el mundo del teatro y del cine, pero es principalmente conocido por dos papeles: Sallah, en la saga de Indiana Jones, y Gimli, en la de El Señor de los Anillos. (Me vais a perdonar los fans de Tolkien -entre los que me incluyo-, pero para mi siempre será Sallah).
Según entrabas por la puerta te recibía una guardia élfica, para que quedara claro donde ibas. El Hall M de la comic-con estaba a reventar. Y con puntualidad británica aparecía Rhys-Davies acompañado de gente caracterizada de El Señor de los Anillos, lo cual aprovechó el interprete de Gimli para coger uno de los hachas y blandirlo golpeando al suelo y gritando “AND MY AXE!!!”. Ese momento podría resumir lo que fue todo el panel: un derroche de energía, y simpatía, un ejercicio sublime de como contentar al público mientras cuentas cosas interesantísimas, y una demostración de como hay que subirse a un escenario.
El entrevistador poco podía hacer más que admirar, igual que el resto del público, el despliegue de los encantos de este hombre. El actor semi-ignoraba las preguntas, contestando lo que le apetecía o lo que le parecía oportuno. Sabía donde estaba y lo que tenía que hacer. Así, nos contó -y nos demostró gráficamente-, varios de los trucos que utilizaron en las películas para que, sin utilizar el ordenador, el midiendo más metro ochenta pareciera un enano. Nos contó lo que implica trabajar en una gran producción, como el libro de Tolkien le parecía aburrido aunque al final le terminara por gustar -fueron su agente y su hijo los que le convencieron de aceptar el papel, o como estaba 100% convencido de que no iban a ser capaces de hacer la película por la falta de experiencia de Peter Jackson en grandes producciones. De hecho, esto acabo por convertirse en un ejemplo más de como hilar una historia, porque utilizó esto de hilo conductor para contar lo que implica trabajar en una super-producción, varios entresijos de lo que supone un rodaje, e incluso para contar batallitas del rodaje, incluyendo una en la que unas lluvias torrenciales estuvieron a punto de arruinar la película.
También contó lo duro que fue el rodaje, ya que tenía que pasar más de cinco horas en maquillaje para su caracterización del archiconocido Enano. Y una vez más, utilizó la excusa para explicar lo que implica, a nivel interpretativo, rodar con una máscara que te corta la expresividad, o la diferencia entre actuar en teatro y en cine. Nos explicó como llegó a obtener el papel de la voz de Treebeard, además del de Gimli, y como llegó a encontrar la voz, todo ello mientras nos iba mostrando en directo las diferencias entre unos tonos y otros, y unas maneras de hablar y otras.
Todo lo que contó fue extremadamente interesante -está claro que ha ido perfeccionando el discurso a lo largo de los años-, pero al final lo más impresionante fue ver a un señor de ochenta y dos años, en constante movimiento, con una energía y un positivismo difíciles de igualar, y ver como manejaba a un público al que tenía entregado nada más subir al escenario, al que le conseguía sacara una carcajada cada vez que quería, y al que, en su mayor parte, si nos hubieran dicho que el panel duraba una hora más, hubiéramos sido felices.
Es refrescante ver a gente tan apasionada, que ama tanto su trabajo, y que está dispuesta a darlo todo por contentar a su audiencia. Y el hecho de que, estoy convencido, estuviéramos viendo más una obra de teatro repetida en infinidad de ocasiones que algo espontáneo, no le quita un ápice de mérito. Ojalá hubiera más gente así. Nunca sobran los John Rhys-Davies en el mundo.










