Vuelven los juguetes más famosos de la animación a la gran pantalla y, haciendo honor a los tiempos que corren, esta vez lo hacen de la mano de las nuevas tecnologías. Tras el sabor agridulce que dejó la cuarta entrega —considerada por muchos una bofetada directa a los principios y la perfecta conclusión emocional establecidos en la trilogía original—, las expectativas ante Toy Story 5 eran, siendo generosos, muy bajas.
Tras haberla visto, la primera conclusión es clara: es mejor película que su predecesora, pero arrastra sus mismos vicios. El guion de Andrew Stanton intenta explorar el choque entre el juego analógico y los dispositivos digitales, pero vuelve a tropezar en el desarrollo de sus protagonistas. La relación entre los juguetes y la propia esencia de sus personalidades parece haber desconectado por completo de la trilogía clásica, e incluso distanciado del rumbo tomado en la cuarta parte.
A esta crisis de identidad de los personajes se le suma un obstáculo extra para el público hispanohablante: el evidente cambio en la voz en castellano de Woody. Escuchar al icónico vaquero con un registro vocal distinto genera una inevitable sensación de extrañeza y distancia, rompiendo la inmersión en momentos clave y convirtiéndose en un factor incómodo a la hora de ver la película.
No estamos ante la mejor obra de la saga de Pixar, ni tampoco ante esa cinta que el público recordará como el “gran e idóneo final” de la franquicia. Sin embargo, no se le pueden negar sus virtudes. Si lo que busca el espectador es una experiencia entretenida que consiga arrancarle una sonrisa sincera, la película cumple con creces su objetivo mínimo. Los juguetes han cambiado, el mundo ha avanzado, pero el corazón de la marca se resiste a desaparecer del todo.
